El albacea de León
Por Alexis de Greiff A.
Después de FÁRRAGO vendrá el VELERO PARADÓJICO si no la BÁRBARA CHARANGA o el CENTÓN sin ton ni són y sexto mamotreto en zurriburri. Luego —si póstumos ya— (y uno de ellos si no lo vetan) tres mamotretos más, de los de en verso, con cuatro de los en prosa, si alguien —o un grupo de alguienes— se toma el trabajo de colegirlos y compulsar versiones diversas, variantes y contravariantes, interpolaciones y taraceas. El lío de lo en libros inéditos de Leo y el lío de lo echado en papeles periódicos y en locuciones, lecturas tartajosas. Y que hay escritos que no alcanzará Leo a destruir, que no los tiene a mano... Velay! para ser tan pirómano como Cauchon.
León de Greiff (Manuscrito)
En este fragmento, encontrado muchos años después de su muerte, León declaró su esperanza profética. Su hijo, Hjalmar, fue el albacea de este testamento: desenterró poemas, prosas y relatos entre libros, estantes y papeles arrugados para ordenarlos, ensamblarlos, cotejarlos y transcribirlos.
Archivo personal de la familia de Greiff Acevedo, hacia 1990.
Hjalmar de Greiff fue quién mejor conoció la obra de León, pero evitó ser de “las gentes dando siempre opiniones”. La erudición que requería su tarea contrastaba con su modestia: “considero que sería una atrevida impertinencia de mi parte pretender prologar la Obra Poética de León de Greiff – pues mi labor está encaminada tan solo a preservarla de la manera más fiel con destino a generaciones futuras”, escribió como un guardián invisible.
Oscar Hjalmar Ricardo Gunnar de Greiff Bernal (Medellín, 1932-Bogotá, 2025) fue el tercero de los hijos de León y Matilde Bernal Nicholls. Sus nombres eran de antepasados, al que le agregaron Ricardo, en homenaje al gran amigo de León, el caricaturista Rendón, muerto tres meses antes. Creció en el barrio Santa Fe de Bogotá –una burbuja cosmopolita en una ciudad pequeña y provinciana– con amigos de la comunidad judía (la calle 22 la llamaban el Vístula, porque estaba lleno de “polacos” y se escuchaba más ídish que español) y la sirio-libanesa, además de escritores, compositores y políticos colombianos de muy diversas ideologías y regiones.
Fondo León de Greiff. División de Gestión Documental Archivo Central e Histórico, Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá · Fotografía de Leo Matiz, hacia 1950.
Como estudiaba en el Colegio San Bartolomé, en la Plaza de Bolívar, los cafés de intelectuales quedaban a medio camino entre el colegio y la casa. Por eso, después de clases, paraba en El Automático o en el Windsor y se sentaba con su padre y sus amigos José Mar, Luis Vidales, Jorge Zalamea, Gilberto Owen, Waldo Frank, Germán Arciniegas, Guillermo Uribe Holguín, Jorge Eliécer Gaitán, Gilberto Alzate Avendaño, Juan Lozano y Lozano y muchos otros.
Sus amigos compartían intereses con él y sus hermanos; se intercambiaban libros, asistían a conciertos y no pocas veces se escapaban del colegio para ir a cine (Hjalmar llevaba un cuaderno con la lista de películas que había visto, donde anotaba el nombre del director y los actores; una costumbre familiar).
Hjalmar nació, creció y murió con la música. Su mamá, Matilde, a quien adoraba, tocaba violín. El colegio tenía además magníficos profesores con formación musical de primer nivel, muchos refugiados de la Guerra Civil española, por lo que la melomanía cultivada sobre todo de la mano de su verdadero mentor, el tío Otto, se encontró con una educación musical formal. En los años cuarenta, pasaron por Colombia los mejores intérpretes de música de cámara y solistas, quienes no encontraban salas para presentarse en la Europa destruida por la guerra. Él los oyó a todos desde niño. Se vivía en Colombia un ambiente liberal. En 1940, se había creado la Radiodifusora Nacional, fundada por León, Otto y otros intelectuales, y quedaba a pocas cuadras de la casa.
Hjalmar fue el primer de Greiff que optó por una carrera de intérprete profesional (la segunda fue su hija, Andrea). En 1949 ingresó al Conservatorio Nacional a estudiar cello, donde fue estudiante de historia de la música de León y de Otto. Pero su sueño se trunca prematuramente. La persecución a los liberales, después del asesinato de Gaitán (1948), y la consecuente detención a León, se extendió a su hijo; cuando se presentó a un concurso de la banda de música de la policía, no le permitieron hacer el examen y lo despacharon con la sentencia “su apellido no me sirve”. Aunque fue consciente de la injusticia, vivió esa frustración sin resentimientos.
Siguiendo las huellas de su papá y su tío, se vinculó a la Radio Nacional, donde ejerció como programador musical por más de 26 años (en algunos períodos sin remuneración) y director antes de jubilarse. En su último editorial para el Boletín de Programas de la Radio, con humor críptico greiffiano, escapando de la idea de que había que hacer “sondeos de opinión” sobre las preferencias de los oyentes, resumió su visión de la difusión cultural:
Cómo última obra escogida por mí para su emisión opté por muchas razones por la Gran Fuga de Beethoven, aún a sabiendas de que su transmisión (aquí o en Bonn) probablemente no obedecerá nunca a un clamor popular solicitándola. Pero ellos merecen oírla.
Hjalmar ejerció su papel de educador que, como León, no subestima al oyente ni al lector; desarrolló un proyecto pedagógico para darle oportunidad al público “de a pie” de disfrutar lo que él consideraba fundamental: la cultura y la música, no solo clásicas, sino también de otras partes del mundo y del folclor latinoamericano. El Boletín de la Radiodifusora, bajo su dirección, fue la revista cultural más importante del país, con artículos y reseñas de literatura, teatro, artes plásticas y música. Solía recordar que la Radio Nacional, en sus orígenes, era una dependencia del Ministerio de Educación.
Fue secretario académico del Conservatorio de la Universidad Nacional, antes de viajar a Suecia en 1966, donde vivió algunos meses, antes de regresar y casarse con Marta Acevedo, el amor de su vida, con quien tuvo tres hijos. Su último cargo lo ejerció en COLCULTURA, en compañía de su gran amigo David Feferbaum, donde crearon el Centro de Documentación Musical, un proyecto pionero en América Latina.
Siempre que viajaba a Europa iba con una densa agenda musical. Como Otto, tenía la afición de coleccionar autógrafos de intérpretes y compositores. En 1961 hizo una gira con Matilde, Boris y Axel en automóvil por varios países, escuchando conciertos, “patoneando” ciudades y visitando museos. En otros viajes asistió a los festivales de música de Prades (de Pablo Cassals) y de Praga.
Sin proponérselo ni exhibirlo, a la sombra, Hjalmar se encargó de que la obra de su padre se preservara y se protegiera. Por ejemplo, a los editores indelicados con el poeta los capoteó con la legislación de derechos de autor en mano. Sobra decir que ni el padre ni el hijo recibieron algo más que pagos simbólicos, cuando se los pagaban. Como solía decir, “León nunca supo lo que era una regalía” –él tampoco–.
Fondo León de Greiff. División de Gestión Documental Archivo Central e Histórico, Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá · Fotografía de El Tiempo.
Hjalmar hizo la primera antología avalada por León, aclarando –eso sí– que “ha sido autorizada, sin costo alguno para la Universidad Nacional…por L. de Greiff”. Editó y publicó 16 antologías más de la poesía, así como la “Obra dispersa”, una recopilación de manuscritos inéditos o publicados en medios efímeros. En 2018 coronó su empresa con la Obra Completa de León de Greiff, publicada por la Universidad Nacional en 10 tomos, en la que se encuentra la poesía y la prosa con todas sus versiones, resultado del cotejo con manuscritos y múltiples fuentes. Una obra de más de 9.000 páginas, que transcribió y corrigió tres veces (dos en máquina de escribir y una en computador). Pero ahí no paró; Hjalmar dejó preparados dos libros más: Todos los Sonetos de León de Greiff y un Apéndice a la Obra Completa.
“León de Greiff está por descubrirse”, decía. Por eso, en 2018, donó a la Universidad Nacional de Colombia el archivo personal de León de Greiff: más de 60 cajas de manuscritos, cuadernos, fotografías y documentos. Ya había donado a la Universidad EAFIT de Medellín una parte de la biblioteca del poeta.
Fue, ante todo, un melómano y un lector. Amaba a los animales; admiraba a San Francisco de Asís y estudiaba a Confucio; adoraba a Bach, Beethoven, Shostakovich, Dostoievski, Thomas Mann y Hermann Hesse. No sabía odiar, pero no le gustaban y evitaba, como León, a los farsantes y a los “lagartos”.
Hjalmar de Greiff murió el 13 de febrero de 2025 en Bogotá, rodeado de su familia y mientras sonaba el cuarteto N. 7 de Beethoven, uno de sus favoritos. Como su padre, su tío y hermanos, no hubo ceremonia religiosa, pero sí lo acompañaron su esposa e hijos hasta el lugar donde reposan sus cenizas; debajo de un árbol y cerca a sus animales, como era su voluntad.